LO QUE NOS UNE, LO QUE NOS SOSTIENE

12 de octubre de 2026 · Granada

Imagen creada con IA

12 de octubre · Nuestra Señora del Pilar, Fiesta Nacional y una historia compartida que sigue escribiéndose

En una cueva del Sacromonte, una mujer enseñaba a diez niñas. Apenas tenía recursos, pero había conseguido reunirlas y estaba haciendo algo que Andrés Manjón llevaba años imaginando. Era la Maestra Migas. Cuando Manjón la encontró, sintió reparo de no haber hecho todavía lo que aquella mujer, con tan pocos medios, ya estaba haciendo. Aquel encuentro le enseñó algo que no había aprendido en los libros: a veces, las grandes transformaciones comienzan cuando alguien deja de esperar y se pone a trabajar por los demás.

En octubre de 1889 abrió su primera escuela. Resulta curioso comenzar así una reflexión sobre el 12 de octubre, una fecha que reúne acontecimientos mucho más grandes que aquella pequeña escuela granadina. Celebramos a Nuestra Señora del Pilar, la Fiesta Nacional de España y una historia que nos vincula con millones de personas al otro lado del Atlántico. Recordamos tradiciones, acontecimientos, creencias y expresiones culturales que forman parte de nuestra identidad. Para quienes pertenecemos a la familia avemariana, octubre guarda además el recuerdo de aquel comienzo. Son muchos motivos para celebrar. Pero quizá lo verdaderamente interesante sea preguntarnos qué hacemos hoy con todo lo que hemos recibido.

La Patria que heredamos

Andrés Manjón reflexionó profundamente sobre España. Le preocupaban su historia, sus dificultades, la pobreza de buena parte de su población y, sobre todo, la educación de las generaciones que estaban creciendo. Su pensamiento estaba profundamente arraigado en la tradición cristiana de su tiempo. Sin embargo, algunas de sus reflexiones sobre la pertenencia y la responsabilidad colectiva conservan una fuerza extraordinaria.

En El maestro mirando hacia fuera escribió que la patria era mucho más que su territorio, su bandera o su forma de gobierno. Era una realidad histórica y social que vinculaba a las personas a través de las generaciones. Y dejó una expresión especialmente hermosa: «Somos herederos, administradores y transmisores de la Patria y sus bienes» (Manjón, 1925, p. 138). Tres palabras que merecen ser pensadas. Heredamos una historia que no elegimos. Recibimos paisajes, lenguas, costumbres, instituciones, conocimientos y formas de comprender la vida que otras generaciones fueron construyendo.

También recibimos errores, conflictos y heridas que forman parte de nuestra memoria. Administrar esa herencia significa reconocer que no nos pertenece en exclusiva. Está en nuestras manos durante un tiempo, con la responsabilidad de cuidarla, mejorarla y corregir aquello que no debería repetirse. Y transmitir implica mirar hacia quienes vendrán después. Preguntarnos qué sociedad encontrarán nuestros hijos e hijas, qué oportunidades tendrán y qué clase de convivencia estaremos dejando. Quizá por eso, amar nuestra tierra no debería exigirnos idealizar su pasado, sino comprometernos con su presente y responsabilizarnos de su futuro.

Las raíces son importantes. Nos permiten saber de dónde venimos, comprender muchas de nuestras tradiciones y reconocernos como parte de una historia que comenzó mucho antes de nosotros. Pero las raíces no deberían convertirse en cadenas. Una identidad madura sabe conservar lo valioso sin tener miedo de cambiar aquello que necesita ser transformado.

Un océano que también nos une

El 12 de octubre nos invita a mirar más allá de España. Al otro lado del Atlántico encontramos pueblos con los que compartimos siglos de historia y una lengua que hoy es patrimonio vivo de millones de personas. La Hispanidad es una realidad mucho más rica que cualquier recuerdo imperial.

Está en la literatura, en la música, en las artes, en el pensamiento, en las universidades, en las investigaciones científicas y en tantas manifestaciones culturales que han cruzado el océano en ambas direcciones. Está también en las palabras. El español que hablamos no pertenece únicamente a España. Se ha transformado y enriquecido con las aportaciones de los pueblos que lo comparten. Cada país ha incorporado sus expresiones, sus acentos, sus maneras de nombrar la vida y su particular sensibilidad. Y eso nos ofrece algo extraordinario: la posibilidad de encontrarnos, conversar y comprendernos desde lugares muy diferentes del mundo. Compartir una lengua no significa pensar igual. Significa disponer de una oportunidad privilegiada para escucharnos.

También compartimos una importante herencia religiosa.

El cristianismo ha dejado una profunda huella en la vida cultural y espiritual de España y de numerosos pueblos americanos. Las devociones populares, las celebraciones, el arte religioso y muchas iniciativas educativas y sociales forman parte de esa historia. Y, como sucede con la lengua, esas tradiciones no permanecieron inmóviles. Fueron adquiriendo expresiones propias, enriquecidas por las culturas y sensibilidades de cada lugar.

Cuando las glorias del pasado no bastan

Hay un episodio histórico que ayuda a comprender mejor las preocupaciones de Andrés Manjón. En 1892, España celebraba el cuarto centenario de la llegada de Colón a América. Se organizaron conmemoraciones y homenajes que recordaban la expansión española y su protagonismo en la historia. Apenas seis años después, en 1898, España perdía su dominio sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Aquella crisis supuso un golpe profundo para la conciencia nacional. Manjón no permaneció ajeno a ella. Al reflexionar sobre la necesidad de reconstruir la sociedad española, recordó las celebraciones del centenario del descubrimiento de América y escribió que habían sido: «Las vísperas de nuestra expulsión del suelo americano» (Manjón, 1948, p. 180).

Sus palabras reflejan la perspectiva de un español de finales del siglo XIX, preocupado por la decadencia de su país y por la pérdida de su antiguo poder. No debemos atribuirle una interpretación contemporánea de la descolonización. Su mirada era distinta de la nuestra. Pero sí podemos recuperar la pregunta que late detrás de aquella reflexión: ¿de qué sirve celebrar las glorias de una nación si descuidamos los problemas de las personas que la habitan? ¿De qué sirve recordar lo que fuimos si no somos capaces de mejorar lo que somos?

Manjón había comenzado sus escuelas nueve años antes del desastre de 1898. No las fundó como respuesta a aquella crisis, pero su proyecto educativo ofrecía una forma concreta de contribuir a la transformación social que tanto preocupaba a su generación. Y en uno de sus escritos dejó una expresión especialmente sugerente. Al recordar episodios de la Reconquista y pensar en la tarea educativa que tenía por delante, propuso: «No con lanzas, sino con silabarios» (Manjón, 1948, p. 180). La frase pertenece a su contexto histórico, pero contiene una imagen poderosa. Frente a las grandes gestas militares que tanto habían ocupado la memoria nacional, Manjón proponía continuar trabajando por su pueblo mediante la educación.

Cambiar las armas por los instrumentos del aprendizaje.

No se trataba de una renuncia general a las ideas políticas y religiosas de su época. Era su manera de expresar que la escuela podía convertirse en una fuerza de transformación social. Y esa intuición conserva hoy un enorme valor. Porque hay maneras de contribuir al futuro de una comunidad que no necesitan conquistar nada. Basta con abrir oportunidades.

El Pilar y la fortaleza de permanecer

La celebración de Nuestra Señora del Pilar añade a este día una dimensión especialmente significativa para quienes compartimos la fe cristiana. Manjón mantuvo una relación personal con esta advocación mariana. En sus escritos recuerda cómo una columna dedicada a la Virgen del Pilar estuvo vinculada a su propia historia familiar. También relaciona expresamente la fundación de sus escuelas con la celebración mariana de octubre. Al recordar aquellos comienzos, habla de unas escuelas: «Inauguradas en octubre, cuando se honraba a la Virgen del Pilar» (Manjón, 1948, p. 164). No podemos afirmar que nacieran exactamente el día 12, pero sí que su fundador estableció personalmente esa relación. 

La imagen del Pilar nos invita a pensar en la firmeza, en la confianza y en la capacidad de permanecer. Pero no en una fortaleza que domina o se impone, sino en aquella que sostiene. María ocupa un lugar central en nuestra fe porque nos conduce a Jesús. Su grandeza no procede del ejercicio del poder, sino de su confianza en Dios, de su disponibilidad y de su fidelidad incluso en los momentos más difíciles.

Es hermoso pensar que una de las advocaciones más queridas de nuestra tradición cristiana nos remite a una mujer cuya historia está marcada por la acogida, el cuidado y la capacidad de permanecer junto a quienes ama. Y quizá ahí encontremos algo que necesitamos recuperar en nuestras comunidades. Porque todos conocemos personas que son verdaderos pilares en la vida de los demás. Personas que sostienen a sus familias, acompañan a quienes atraviesan dificultades, dedican su tiempo a cuidar a otros o trabajan discretamente para que su barrio, su escuela o su parroquia sean lugares más humanos. No suelen protagonizar grandes celebraciones. Pero buena parte de lo que mantiene unida a una sociedad descansa sobre ellas.

Una patria que se construye entre todos

Manjón desconfiaba de quienes esperaban que un único dirigente, un Gobierno, el ejército o cualquier otra institución resolviera por sí solo los problemas de España. La transformación de una sociedad exigía la colaboración de muchos. En Lo que son las Escuelas del Ave María escribió: «La patria se ha hundido por culpa de todos; pues salvémosla entre todos y dejemos de murmurar y maldecir» (Manjón, 1948, p. 70). Sus palabras responden a las preocupaciones de su época, pero también nos invitan a examinar algunas actitudes demasiado presentes en la nuestra.

Resulta fácil reclamar cambios, señalar responsabilidades o lamentarse de aquello que no funciona. Más difícil es preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para mejorar la realidad que tenemos cerca. Y no se trata de sustituir las obligaciones de las instituciones por la buena voluntad de los ciudadanos. Los poderes públicos tienen responsabilidades que deben cumplir. Pero ninguna sociedad puede construir una convivencia verdaderamente humana si sus miembros renuncian al compromiso cotidiano con los demás.

Una comunidad se construye cuando alguien enseña a quien no sabe, acompaña a quien está solo, cuida a sus mayores o dedica parte de su tiempo a mejorar la vida de su barrio. También cuando somos capaces de escuchar otras experiencias, reconocer nuestros prejuicios y convivir con personas que no comparten nuestras ideas, nuestra religión o nuestra procedencia. En una sociedad plural, el sentido de pertenencia no puede depender de pensar todos de la misma manera. Ni España pertenece exclusivamente a quienes interpretan su historia desde una determinada sensibilidad, ni la Hispanidad puede reducirse a una única visión de su pasado. Pertenecer no debería significar cerrar filas frente a los demás, sino asumir que tenemos algo que cuidar juntos.

Quizá por eso resulta especialmente oportuna otra afirmación de Manjón: «No es nuestra misión salvar la Patria, sino dar un ejemplo» (Manjón, 1948, p. 183). Hay una enorme diferencia entre pretender salvar una sociedad desde nuestras propias certezas y contribuir humildemente a mejorarla desde aquello que está a nuestro alcance.

La historia nos ofrece raíces.

La lengua nos abre caminos de encuentro. La fe nos invita a vivir la fraternidad. Y la pertenencia a una comunidad nos recuerda que nuestra vida está vinculada a la de los demás.

Desde Granada, cuna de las Escuelas del Ave María, queremos celebrar este 12 de octubre con gratitud hacia quienes nos precedieron, con afecto hacia los pueblos con los que compartimos lengua, cultura e historia y con esperanza en todo lo que todavía podemos construir juntos.

Que Nuestra Señora del Pilar nos ayude a permanecer firmes en aquello que verdaderamente importa: la fe, la dignidad de cada persona, la fraternidad y el cuidado mutuo.

Feliz día de Nuestra Señora del Pilar. Feliz Fiesta Nacional. Y un abrazo fraterno a todos los pueblos con los que compartimos historia, lengua y caminos de futuro.

Enlaces Interesantes:

Referencias documentales

Manjón, A. (1925). El maestro mirando hacia fuera. Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos.

Manjón, A. (1948). Lo que son las Escuelas del Ave María. Modos de enseñar. Patronato de las Escuelas del Ave María.