Lo que quizá diría el fundador de las Escuelas del Ave María ante la sexta revolución industrial

La pregunta parece un juego.

Andrés Manjón murió en 1923. No conoció Internet, un ordenador ni pudo imaginar ChatGPT, no conoce los agentes autónomos ni sabía que una inteligencia artificial es capaz de conversar, escribir, crear imágenes, analizar documentos o realizar tareas complejas.

Por tanto, nadie puede afirmar qué pensaría. Pero sí podemos hacer una pregunta más seria: Si Andrés Manjón viviera hoy y mantuviera los principios pedagógicos que dejó escritos, ¿usaría la inteligencia artificial?

Nuestra respuesta es clara. Sí. La usaría. Y probablemente la usaría mucho. Pero también sería uno de sus críticos más incómodos.

Manjón no fue un nostálgico del pasado

A veces cometemos un error al mirar a los grandes maestros o pedagogos: los convertimos en estatuas. Los dejamos quietos en su época. Repetimos sus frases. Conservamos sus métodos. Y terminamos siendo más conservadores que ellos. Manjón no creó las Escuelas del Ave María para conservar la escuela que ya existía. Las creó porque aquella escuela no le bastaba. Buscó otros espacios. Sacó la enseñanza fuera del aula. Utilizó mapas en el suelo, juegos, movimiento, objetos, canciones, representaciones, diálogo y acción. No se preguntaba si un recurso era antiguo o moderno. Se preguntaba si servía para educar.

En El maestro mirando hacia fuera escribió que el educador debe observar lo que sucede a su alrededor y tomar de ello aquello que sea «verdadero, útil y bueno», desechando lo contrario. Esa frase, escrita hace un siglo, podría ser su primera respuesta ante la inteligencia artificial. No aceptarla porque es nueva. No rechazarla porque es nueva. Observarla. Probarla. Pensarla. Juzgarla. Y tomar de ella lo verdadero, lo útil y lo bueno.

«Traedme esa máquina, pero no me quitéis al niño»

Si hoy pudiéramos sentar a Manjón delante de una inteligencia artificial, quizá la conversación empezaría con asombro.

Todo eso habría llamado poderosamente su atención.

Manjón insistía en que el maestro, la mestra, debía conocer al alumnado, adaptar los medios a sus necesidades y evitar el «rasero de la igualdad». Sabía que cada niño tenía su propio modo de ser y que la enseñanza debía atender a esas diferencias.

La inteligencia artificial puede ayudar precisamente en eso. Pero sospechamos que, después del entusiasmo inicial, Manjón levantaría el dedo y pondría una condición: «Traedme esa máquina, pero no me quitéis al niño». Porque para él el centro de la escuela nunca fue el contenido, ni el libro, tampoco el método, ni siquiera el maestro. El centro era la persona que se estaba formando.

El gran peligro: confundir instrucción con educación

Aquí comenzaría probablemente su crítica más dura. Manjón distinguía con enorme claridad entre instruir y educar. Una persona puede saber muchas cosas y estar mal educada. Puede acumular información y no saber pensar. También puede desarrollar su inteligencia y abandonar su voluntad. Además puede conocer todas las respuestas y no saber qué merece la pena hacer con su vida.

Por eso escribió: «Educar es instruir, y mucho más; es enseñar a pensar, querer, sentir y vivir». Esta frase coloca a la inteligencia artificial en su sitio. La IA puede instruir, explicar y responder. Además, puede organizar información, corregir y proponer. Incluso puede conversar.

Aquí Manjón probablemente respondería con mucha cautela. Porque educar no consiste solo en producir una respuesta correcta. Educar implica formar criterio. Fortalecer la voluntad. Aprender a convivir. Dominar los impulsos. Equivocarse. Rectificar. Servir. Amar. Comprometerse. Vivir. Y ninguna máquina puede vivir por el niño o la niña.

La inteligencia artificial puede convertirse en antipedagogía

Manjón utilizaba una palabra especialmente dura: antipedagogía. No llamaba antipedagógico únicamente a lo antiguo o a lo autoritario. También podía ser antipedagógica una enseñanza aparentemente brillante si deformaba al ser humano. Desde esa perspectiva, la IA podría convertirse en una extraordinaria herramienta pedagógica o en una gigantesca máquina de antipedagogía.

Todo depende de cómo se utilice. Si un niño emplea la inteligencia artificial para preguntar mejor, comparar respuestas, explorar posibilidades, crear, comprobar, discutir y pensar, la herramienta puede ampliar su actividad.

Pero si la utiliza para evitar el esfuerzo, copiar resultados, delegar decisiones y recibir respuestas sin comprenderlas, sucede algo muy distinto. La máquina trabaja. El niño mira. Y una pedagogía en la que el instrumento actúa mientras el alumno permanece pasivo habría resultado profundamente sospechosa para Manjón. 

Su escuela estaba construida sobre una convicción: el niño aprende haciendo.

La pregunta manjoniana ante cualquier uso de la IA no sería: «¿Qué puede hacer esta máquina?» Sería otra: «¿Qué hace el niño mientras la máquina hace eso?» Esa puede ser una de las preguntas educativas más importantes de nuestro tiempo.

El maestro no puede convertirse en un vigilante de máquinas

Existe otro riesgo. Pensar que, si la inteligencia artificial sabe explicar, corregir, planificar y evaluar, el maestro será cada vez menos necesario. Manjón probablemente habría rechazado esta conclusión. No porque creyera que el maestro debe hacerlo todo. Precisamente defendía lo contrario. El buen maestro, la buena maestra no es el que más habla. Es el que consigue que el alumno hable, actúe, piense y aprenda. La tecnología:

Si la IA realiza parte de ese trabajo, el maestro puede recuperar tiempo para lo que ninguna máquina debería arrebatarle: mirar. Observar a un niño. Descubrir que hoy está distinto. Percibir quién se queda fuera. Comprender un silencio. Hacer una pregunta inesperada. Cambiar una actividad porque el grupo necesita otra cosa. Acompañar. Corregir con cariño. Poner límites. Celebrar un progreso.

Manjón escribió que el maestro prudente no estudia solamente libros: estudia alumnos. La inteligencia artificial puede analizar miles de datos sobre un niño. Pero el maestro tiene que seguir viendo al niño. No su perfil, sus estadísticas ni sus resultados. Al niño.

Manjón desconfiaría de la fascinación tecnológica

Hay algo más. Vivimos fascinados por la palabra revolución. Revolución digital, inteligencia artificial o de los agentes autónomos. Sexta revolución industrial. Manjón conocía bien la fascinación por las grandes palabras.

En sus escritos advierte contra quienes aceptan algo simplemente porque llega vestido de «novedad» o «progreso». No rechaza el progreso. Rechaza que la palabra progreso sustituya al juicio. Ante la IA, probablemente preguntaría:

Estas preguntas son profundamente manjonianas.

¿Cómo usaría Manjón la inteligencia artificial?

Podemos imaginar, de esta forma, algunos usos coherentes con sus principios. La utilizaría para adaptar una explicación a diferentes edades. Nos puede servir para: 

No permitiría que la IA sustituyera la experiencia directa, el juego real, el cuerpo o la naturaleza. Tampoco dejaría en sus manos la conversación, la comunidad, el esfuerzo o la conciencia. Y, sobre todo, no permitiría que sustituyera al maestro.

Una máquina poderosa necesita una pedagogía todavía más poderosa

Quizá este sea el gran desafío. La inteligencia artificial no hace menos necesaria la pedagogía. La hace más necesaria.

Cuanto más poderosa es una herramienta, más importante resulta preguntarnos para qué la estamos utilizando. Por eso, si una máquina puede responder casi cualquier pregunta, la tarea educativa no será acumular respuestas, sino aprender a formular buenas preguntas. Si además puede producir textos impecables, tendremos que enseñar a pensar qué merece ser dicho. Y si la IA empieza a tomar decisiones por nosotros, educar el criterio será más urgente que nunca. Del mismo modo, si puede imitar emociones, tendremos que cuidar mejor las relaciones reales. En definitiva, si puede hacer muchas cosas en nuestro lugar, habrá que decidir cuáles no queremos dejar de hacer.

Porque algunas capacidades humanas se pierden precisamente cuando dejamos de ejercitarlas. Manjón quizá no habría preguntado si la inteligencia artificial es buena o mala. Habría preguntado: «¿Qué clase de persona estamos formando con ella?» Y esa pregunta sigue siendo mucho más importante que cualquier revolución tecnológica.

Nuestra respuesta

Sí. Creemos que Andrés Manjón usaría la inteligencia artificial. La probaría. La estudiaría. Experimentaría con ella. La llevaría a sus escuelas. Buscaría maneras de convertirla en juego, diálogo, imagen, acción y aprendizaje. Y seguramente nos sorprendería con usos que todavía no hemos imaginado. Pero después nos recordaría algo que llevamos un siglo olvidando: una escuela no es mejor porque tenga herramientas más inteligentes. Es mejor cuando ayuda a formar personas más conscientes, más libres, más capaces de pensar, querer, sentir y vivir.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Pero la pregunta decisiva nunca será cuánto sabe la máquina. La pregunta será siempre: ¿qué está aprendiendo a ser el niño?

Este texto es un ejercicio de interpretación pedagógica. Las frases atribuidas directamente a Andrés Manjón proceden de sus escritos; las formulaciones sobre lo que diría hoy son una reconstrucción ficticia basada en sus principios educativos y no citas históricas.

Referencia

* Nota sobre el uso de inteligencia artificial: El contenido de este artículo parte de información, fuentes y criterios de origen humano. Se han utilizado herramientas de inteligencia artificial como apoyo técnico para la documentación, el contraste de información, la redacción y la creación de imágenes. Todo el proceso ha sido dirigido, supervisado y revisado por personas, que han realizado la selección, interpretación y validación final del contenido.